Del 12 al 28 de enero de 2010

En el verano de 1839, el velero que transportaba a Wagner desde Königsberg hasta Londres fue sorprendido por una violenta tempestad y arrojado contra las costas escandinavas. La fuerza de los truenos y los rugidos del mar hicieron evocar al compositor el espectro del marino condenado en desesperada búsqueda de salvación.
La fábula del holandés errante era ya tradicional desde el siglo XV entre los marineros del Norte, aunque posiblemente su origen se remonte a tiempos muy anteriores al nacimiento de Cristo. Heinrich Heine la incluyó en sus
Memorias del señor de Schnabelewopski. Esta versión fue, indudablemente, la que inspiró la
ópera de Wagner, ya que en ella se añade un elemento fundamental, puesto que él puede bajar a tierra una vez cada siete años, para encontrar a una mujer cuyo amor pueda redimirlo. Sin embargo, el poeta alemán termina su relato con una irónica apostilla sobre la infidelidad femenina que está ausente en la ópera. Wagner escribió el libreto de Der fliegende Holländer en París en 1841 y compuso la música en seis semanas en Meudon. En su ópera, que se estrenaría el 2 de enero de 1843 en Dresde con la famosa soprano Wilhelmine Schroeder-Devrient, están presentes los grandes temas de su concepción del arte y la vida: la maldición, la redención y el anhelo de muerte. También aparece aquí por primera vez el leitmotiv que individualiza a un personaje o define una idea o un sentimiento. Las formas cerradas, aunque conservadas a la manera de arias, dúos o baladas, muestran ya esa exigencia de fusión que se llevará a cabo en las óperas de madurez del artista, que se inician con esta obra.