Porque todos somos peatones
La libertad elemental de andar, de elegir el rumbo de nuestros pasos, la libertad de ir al encuentro de los otros es el fundamento de la vida en común. Las ciudades y los pueblos se han fundado sobre esta libertad. Necesitamos la calle, los caminos, las plazas, el espacio público, para que nos permitan no olvidar que los demás también existen, que los demás no son faros en dirección opuesta, ni protagonistas de una noticia, sino cuerpos y vidas semejantes, esos cuerpos y esas vidas que dan sentido a todos nuestros actos.
Cada hombre, cada mujer, cada anciano y cada niño que sale a la calle están decidiendo no sólo la calidad de su vida, sino también la calidad de la vida de su entorno. Está afirmando que no cree en el aislamiento ni en el individualismo. Está eligiendo un mundo donde haya espacios comunes. Por el contrario, una existencia únicamente vivida en cajas privadas, en pisos, en coches, en ordenadores y televisores fomenta la ilusión de que es posible ser feliz en medio de la muerte, en soledad. Ninguna situación humana es gratuita: cuando se obliga a una mujer mayor a quedarse en su casa porque no puede sortear las aceras altas, los coches mal aparcados, la prisa de los semáforos, se está eligiendo una sociedad injusta con los más débiles. Cuando se convierte la calle en un lugar de grave riesgo físico para los niños y se les fuerza a permanecer aislados a la vuelta del colegio, se está negando el aprendizaje de lo comunitario. Los peatones no estamos dispuestos a aceptarlo. No nos parece justo ni bueno que no haya espacios públicos para la calma, que sea imposible caminar con tranquilidad en unas calles invadidas por el estruendo, por la hostilidad.